El ballet ruso

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En las calles de París, antes y después que la felicidad de los años veinte nos envileciera, mil coches frenéticos corrían de noche por el bulevar del alumbrado eléctrico. En el café de la opera todo el mundo bebía absenta, para recordar, y fumaban opio para despertar. El ballet ruso llegó desprendiendo una inusitada convulsión.

Tamara Toumanova, Leon Woizikovsky y David Lichine
en Petrouchka – 1934 – Anton Brueh fotografía

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