Susurros al oído

Cansada ya de tanto sol, de tantas estrellas equívocas y estacionarias, una mujer se escarcha en palabras.

Es solidaria con el invierno, ese que tiembla tras la llegada inminente y apresurada de una primavera.
Es solidaria con el viento que desgasta los sentimientos y carena al alma, pero comprueba que algunas noches corren borrascas en su almohada.
Es solidaria con los sueños que una vez le arroparon más allá del horizonte, pero al iniciar el camino no encuentra sino únicamente fronteras. Fronteras que descubre (se descubre) en los lugares más inhóspitos.
Es solidaria con los árboles y sus ramas. Con las ramas y sus abrazos. Con esas ramas fuertes, pero también rígidas. Con los ojos que una vez le besaban. Con los besos de ese árbol.

Ella sabe que las historias no empiezan terminándose, pero la narrativa moderna hace del epílogo muchas veces la introducción. Ella sabe que no existen los clubes de té ingleses en España, porque los antílopes sólo viven en la sabana. Ella sabe que las bellotas alimentan más de lo debido a quien menos lo parece (pero al final todo se acaba descubriendo). Que los animales también saben llorar y que lo que se cree innecesario y prescindible es a veces más inexcusable que el respirar. También sabe que los soles no existen, porque sino crecerían flores por doquier. (Por muy bonito que pudiese parecer).

Una vez, alguien le dijo que no dibujaba, no escribía, que no cantaba para regalar el tiempo al silencio. Lo hacía por necesidad.

Ella sabe que la libertad no se pide de prestado. Que disfrutar de un derecho es, a ciertas horas de la noche, una obligación. Ella sabe que hace lo que quiere y que jamás dejará ese frasco de colonia, o de esencia, en la mesita del hotel de Oxford, frente a la tienda de pianos antiguos. Ella sabe que la sensibilidad no es sino una capa de seda blanco, o de mármol frío, que aturde o curiosea al prójimo.

Ella sabe que sabe más de lo que cree saber. Pero no sabe como defender esas ideas que no entiende.

“No creas que me olvidaba de la hipoteca o de la religión. Solamente que en esos momentos la hipoteca y la religión eran como el traje que uno no tiene puesto.

He leído algunas cosas sobre eso, Bruno. Es muy raro, y en realidad tan difícil… Yo creo que el arte ayuda, sabes. No a entender, porque en realidad no entiendo nada”

EL PERSEGUIDOR: Julio COrtazar.

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