Se nos destiñen los principes azules

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Se nos destiñen los principes azules.
En ficción siempre fue fácil reconocerlos: este príncipe es un canalla, es un hijo de puta. Y como gustan los canallas, la lectura es más intensa. Pero nada es igual en la realidad: aquí los príncipes aparecen un poquito batidos, como las princesas. Será por la polución, el urbanismo desenfrenado, el horror de vivir lo sucesivo y la luna, que de tantas veces mordida, se ha escondido cansada de bocados.

Supón que te encuentras con un príncipe en la mesa de delante, en el bar de la esquina. Un príncipe de americana de terciopelo, con barba impecable, ojos de seda y sonrisa de notemiento-peroaveceslohago.

Supón que tiene manos de caricia y descubrimiento y que no sabe lo que busca, a pesar de que sabes que va en busca de algo. Supón que confía en el amor como dios primitivo y en sus magias inútiles. Supón que bebe cerveza y fuma maría. Que habla francés con la única intención de encontrar su centro, sin conseguirlo, pobrecito. Supón que ha ido a la guerra, a las tantas guerras que ha tenido, y que jamás salió escaldado de ellas porque en el fondo también él es un canalla.

¿Qué haces? ¿Seguir vigilando la presa del pantano para que no se rompa? ¿O mejor seguir con la cebolla en la mano esperando que se pudra?

Me declaro incompetente. Impotente, ignorante y jodidamente inocente. Muy Inhábil. Muy demente.

Y los príncipes azules, comprobado que destiñen, inexistentes.

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