PERSÉPOLIS

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Bajo el telón del recuerdo, Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud nos cuentan la vida de los últimos treinta años de Irán. Basada en la vida de la propia Satrapi, “Persepolis” es una cálida y al mismo tiempo dura visión de años oscuros de un país que pasó del poder sátrapa del Sha a la tiranía de una teocracia represiva y asesina. Es una llamada a cómo una generación vio que sus sueños se apagaban.

La película, basada en las tiras cómicas de Marjane Satrapi, es un dulce dardo que atañe tanto a la historia reciente de Irán en particular, como a los fundamentalismos en general, mientras que por otro no deja de resultar una película con bastantes lagunas en su esquema.

La película consigue mezclar lo cómico y lo atroz, emociona, entretiene y está cargada de realismo, tiene magia. Se mantiene la esencia del cómic dotándolo de un magnífico lenguaje cinematográfico que consigue un relato ágil, que fluye con facilidad en la pantalla. Se mantiene el blanco y negro original y la simpleza en los dibujos, narrando la historia mediante flash back. La música es una pieza básica en la película, uno sus grandes aciertos.

Cualquier panfleto cinematográfico venga de donde venga me irrita, a pesar de que esté de acuerdo con él, y ésta se trata de una película con un posicionamiento netamente occidentalizado. No necesito que me abran los ojos y me digan: mira cómo vivimos, esto está mal. En lo del choque cultural con Occidente y los problemas de adaptación se quedan cortos, desaprovechando además una oportunidad sin igual de hablar de la integración del pueblo árabe en Francia.

Tengo que decir que los momentos de mayor ironía y lucidez de la película corresponden a las reflexiones que la joven protagonista vierte acerca de las relaciones afectivas, el sexo y la adolescencia, algo que por su universalidad traspasa cualquier frontera geográfica y que se escapa del superficial cariz político por el que es identificado este filme.

Como dice de la protagonista de Persépolis: “La liberté a toujours un prix” (La libertad siempre tiene un precio…)

El ballet ruso

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En las calles de París, antes y después que la felicidad de los años veinte nos envileciera, mil coches frenéticos corrían de noche por el bulevar del alumbrado eléctrico. En el café de la opera todo el mundo bebía absenta, para recordar, y fumaban opio para despertar. El ballet ruso llegó desprendiendo una inusitada convulsión.

Tamara Toumanova, Leon Woizikovsky y David Lichine
en Petrouchka – 1934 – Anton Brueh fotografía